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Corpus Christi. Cristo presente y cercano a nosotros

Este día celebramos el Corpus Christi, solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor. Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y su Sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección, por eso la Iglesia ha venerado siempre el Cuerpo del Señor y no cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Eucaristía.

Todos tenemos personas a quienes queremos, estimamos y amamos y, aunque NO todas ellas estén físicamente presentes y cercanas a nosotros, de todas maneras, a pesar de la distancia o la ausencia, sentimos un afecto especial por ellas. Y, ¿qué pasa cuando a esas estimadas personas las tenemos cercanas y presentes físicamente?

Sin duda sentimos de manera más palpable su cercanía, sus muestras de cariño, su protección. Tenemos la capacidad de compartir con ellas la vida, las alegrías, las penas, los gozos y las angustias; somos escuchados, comprendidos, corregidos y apoyados por ellas. Su presencia cerca de nosotros nos da paz, seguridad y la certeza de que tenemos a nuestro lado a alguien a quien le importamos y se preocupa por nosotros.

Si analizamos cada uno de los evangelios, nos daremos cuenta de que Nuestro Señor Jesucristo siempre manifestó su cercanía hacia los demás, de manera especial hacia los pobres, marginados, enfermos, desprotegidos y necesitados. Siempre se mostró compadecido por los sufrimientos, carencias y dolencias de los demás, era una compasión que lo movía a la acción. Todos consideraban una bendición el que Jesús estuviera cerca de ellos para enseñarlos, sanarlos, perdonarlos y acercarlos al Reino de los cielos.

Nosotros NO estamos en desventaja con respecto a las personas de los evangelios, ya que el mismo Señor Jesucristo sigue cercano y presente para nosotros, está de una manera real, sacramental: Cristo vivo y verdadero que se nos da como alimento, nos da su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino. Jesús sigue presente y a nosotros también nos alimenta, nos enseña, nos sana, nos perdona y nos acerca a Dios Padre.

En tiempos de Jesús también hubo muchas personas que pudieron acercarse a Él, adorarlo, seguirlo y experimentar la salvación otorgada por Él y, sin embargo, no lo hicieron. Nosotros podemos cometer el mismo error: Cristo vivo y verdadero está presente en la Eucaristía, tenemos la oportunidad de acercarnos a Él, adorarlo, alimentarnos de Él y simplemente no lo hacemos.

La existencia de cada persona es un evento único y exclusivo y, en la existencia, el cuerpo juega un papel de suma importancia. En el cuerpo de cada persona se refleja un rayo de esplendor del Dios creador, aquel artista que nos hizo con gran precisión. El Cuerpo de Cristo es el modelo de todo cuerpo, cuerpo que se entrega en bien de los demás.

La eucaristía no es simplemente el recuerdo de la Cena del Señor sino que el pan se convierte realmente en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre, por ello tenemos diversos modos especiales de adorar el Cuerpo de Jesús presente en la eucaristía como la exposición de la eucaristía en hora santa, las procesiones, las visitas al santísimo, los congresos eucarísticos, la comunión sacramental, etc.

De manera similar también somos llamados a cuidar y respetar nuestro propio cuerpo; debemos custodiarlo, no por vanidad sino porque es templo del Espíritu Santo y receptor del Cuerpo de Cristo en la comunión. Lo cuidamos tratándonos con dignidad a nosotros mismos y a los demás, alejándonos del pecado de tal manera que la coherencia de vida cristiana de nuestra persona sea una continua alabanza a Dios.

Hoy que celebramos este misterio de nuestro Señor Jesús presente en el adorable sacramento de la Eucaristía, no perdamos la oportunidad de acercarnos a Él, alimentarnos de Él, adorarlo y bendecirlo porque ha querido permanecer con nosotros cada día para que, sintiéndolo cercano, experimentemos constantemente la salvación que nos ha dado.

Por Omar Martínez Guerrero

Tercero de Teología

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