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El Corazón de Jesús, amor eterno por los hombres

“Uno de los soldados, con la lanza, le atravesó el costado, y al punto salió sangre y agua”

Hermanos, con mucha alegría y esperanza, hoy nos unimos con toda la Iglesia universal para celebrar la gran Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y con esta fiesta no celebramos otra cosa que lo mismo que ya el apóstol Pablo nos dice en su carta a los efesios: lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano. Con alegría porque sabemos que el Corazón de Jesús rebosa de amor por nosotros los hombres, y ese amor es eterno, porque Cristo ha resucitado; con esperanza porque su amor nos sostiene y nos anima mientras caminamos al encuentro definitivo con Él en el cielo.

El episodio del evangelio de San Juan que leemos hoy (Jn 19, 31-37) nos presenta a Jesús en el momento supremo del Calvario. Durante toda su vida el mensaje de Jesús giró en torno al tema del amor infinito de Dios hacia los seres humanos, y ese mensaje no quedó sólo en palabras, sino que su misma cercanía hacia quienes estaban más necesitados de amor, los pobres, los enfermos, los tristes, los pecadores, y los milagros que realizó en su favor, acreditaban este anuncio que el Hijo del hombre traía de parte del Padre a toda la humanidad. Incluso poco antes del relato de hoy, Jesús había afirmado que nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Y ¡qué manera de dar la vida!, pues Jesús con su vida paga nuestra deuda, muere en nuestro lugar, el Hijo inocente es entregado como rescate por los culpables; y al mismo tiempo desde la cruz nos otorga una nueva vida, nos brinda la posibilidad de participar de la vida eterna, la vida de Dios.

Ya San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia, afirmaba que “uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía”. También San Buenaventura, doctor de la Iglesia de la Edad Media, en esta misma línea dice que “brotando de la herida sangre y agua, dio a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, que brota para comunicar vida eterna”. Esta misma enseñanza aparecerá en el Prefacio de la celebración eucarística de este día. Por la participación en los sacramentos, signos primordiales del amor de Dios, nos llenamos de la vida y del amor divinos, que nos lanzan ya a la eternidad, y nos capacitan para desde ahora vivir y amarnos como hijos de Dios. Puesto que nuestro amor humano muchas veces es frágil, limitado e imperfecto, necesitamos del amor de Dios en nosotros para cumplir con el mandamiento del amor.

Este amor al que somos llamados e impulsados no debe convertirse en algo etéreo, utópico o abstracto, sino que tiene que concretarse en actitudes y convicciones cotidianas. También esto nos lo enseña Jesús, que nos invita a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. ¿O acaso habrá un ejemplo mayor de mansedumbre que el de aquel que cuando era maltratado, se sometía, y no abría su boca, como cordero llevado al matadero, y que además se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz? ¿Existe algún otro hombre que, como Cristo humilde, fue capaz de despojarse en el Calvario de todo lo que tenía, con tal de ganar para sus hermanos el don más grande, el don de la Salvación?

El motivo de la Solemnidad de este día es pues el amor total que hay en el corazón manso y humilde de Jesús, del cual brotan los sacramentos que nos dan vida en abundancia, y nos alegran al saber que somos amados y llamados a amar a los demás. El evangelio termina diciendo que el que vio da testimonio, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Nosotros también hemos sido testigos del amor de Dios en nuestra vida, y debemos dar testimonio para que los demás crean. Ojalá hoy podamos participar en la Eucaristía y por ella seamos confirmados en la esperanza cristiana, que caminando en el mundo seamos signo de esperanza para los demás, y que nuestro compromiso bautismal se renueve de tal modo que imitemos al Maestro en la mansedumbre y la humildad necesarias para la obediencia al Padre y el servicio desinteresado de los hermanos.

Por Ricardo Herrera Alvarado

Segundo de Teología

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