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El dolor de María | Nuestra Señora de los Dolores

En el capítulo 6, versículo 21 del Evangelio según San Lucas, Jesús nuestro Señor declara: “Bienaventurados los que lloran ahora, porque reirán”. A simple vista, nos parecerá una contradicción estas palabras del Señor: ¿cómo poder considerar una bienaventuranza el dolor humano? ¿no nos estará proponiendo Jesús enfrentar el dolor con una dosis de masoquismo? No, de ninguna manera, lo que Jesús nos propone es asumir el dolor como parte de la existencia de nuestra vida y enfrentarlo desde la fe, para así poder transformar el dolor en frutos de crecimiento espiritual y desembocar finalmente en la vida eterna.

Dios nuestro Padre, al crear al ser humano, no lo excluyó de la capacidad de experimentar el dolor, ya sea este físico o espiritual, y, una vez habiendo llevado a cabo la obra de la salvación por medio de su hijo Jesucristo, nos da la gracia de poder transformar el dolor humano en un medio de salvación tanto para la persona que lo padece y para quienes la rodean.

Un ejemplo claro de cómo asumir el dolor por más incomprensible que éste sea es nuestra madre María. Ella que, siendo inmaculada y la predestinada desde antes de todos los tiempos para ser la madre de nuestro divino salvador, supo, con todas las interrogantes que surgen, lo que es el dolor. Muchos dolores a lo largo de su vida experimentó nuestra Señora: el temor al rechazo de su familia y de José ante el anuncio del ángel; saber que Herodes buscaba a su hijo para matarlo y tener que huir a Egipto; el dolor ante el rechazo de sus compatriotas que no aceptaban el mensaje de Jesús; incluso, el aparente silencio de Dios ante estos acontecimientos, pero sin duda, el momento cumbre del dolor para nuestra madre fue contemplar aquella escena trágica de ver al hijo colgado del madero.

Todos al contemplar la escena del calvario pensaron: “Aquí se acabó todo, los sueños del profeta Jesús de instaurar el Reino de Dios que tanto anunciaba se acabaron”. Para muchos otros, los milagros, curaciones y la esperanza que daba a toda la gente que lo escuchaba se extinguieron, pero una sola persona no pensaba así, y esa era María su madre. Dice la Escritura: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre” (Jn 19,25). Ella era la que seguía manteniendo la llama de la esperanza en medio de esta escena desoladora. Ella siguió creyendo en la promesa de Dios, aunque tenía todo el panorama para olvidar y echar por la borda lo que Dios tanto le había prometido acerca de su hijo que ahora contemplaba crucificado.

Pero, ¿cómo lo hizo? ¿cómo poder seguir con la fe de pie en medio de sus dolores? Y es que, la Madre ya desde pequeña, iluminada por la gracia de Dios ya tenía un programa de vida y era éste: “Yo no me pertenezco, yo solo me debo al Señor mi Dios y todo lo que él quiera o permita en mi vida es con un propósito”. Por eso, desde el anuncio del ángel, pudo pronunciar con toda confianza el “Hágase”, “Realícese, yo sólo soy la esclava del Señor”. Así fue que el dolor pudo asumirlo y vivirlo con valentía, sabiendo que alguien más lo cargaba con ella. En medio de las tribulaciones, confiaba y esperaba pacientemente a que, en sus días nublados por el dolor, volviera a aparecer radiante e iluminador el rostro de su Dios y Señor.

El calvario fue el momento cumbre del Dolor de la Madre y al mismo tiempo el momento cumbre de su fe y de su entrega incondicional a Dios. Ella y todos los espectadores, contemplaban la escena trágica; los demás no imaginaban que, en esa tarde oscura del calvario, comenzaba la redención de todos los hombres. Cuando todos en el calvario decían: “Esto se acabó”, ella siguió esperando y finalmente la promesa de Jesús de que los que ahora lloran finalmente reirán se cumplió, pues al tercer día pudo ver, tocar y abrazar a su Hijo tan amado.

Que María, la que supo asumir y vivir con fe el dolor, nos ayude también a nosotros a vivir el dolor con humildad y paciencia para después vernos como ella coronados con una felicidad que ya nadie nos podrá arrebatar.

Madre llena de dolor, haz que cuando expiremos,

nuestras almas entreguemos por tus manos al Señor.

Por Juan Cruz Huerta Sánchez

Cuarto de Teología

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