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El Inmaculado Corazón de María

¿Qué es lo primero que pensamos cuando escuchamos hablar del corazón? Está claro que cada vez que oímos esta palabra la vinculamos con aquel órgano interno que tiene la función de realizar la circulación sanguínea por todo nuestro cuerpo, y que a su vez es indispensable para la preservación de la vida humana, pues sin él no podríamos vivir. Resulta también, de igual manera pensar en el corazón no sólo como un órgano, sino que también al hablar de éste lo asociamos como la base de los sentimientos, el embajador de las emociones, y aún más, como nuestro cómplice en las cuestiones del amor.

También en las Sagradas Escrituras, en el Antiguo Testamento se tenía la idea que el corazón es el lugar de los sentimientos y de las pasiones, que es la propia interioridad de la vida del hombre, es decir, la fuente de toda la vida moral. Esto se completa y se revela ya en el Nuevo Testamento, cuando Jesús afirma que “nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarlo; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre” (Mc 7, 15.). Resulta pues, que el corazón es importante tanto a nivel orgánico como al nivel moral.

Y en estos tiempos en que nuestra cultura exalta la importancia del corazón como el mayor símbolo del amor y, en nuestra fe católica, expresamos a aquel que es el amor por excelencia, el que se ofreció en sacrificio hasta derramar su sangre en la cruz por amor de todo el género humano, el Sagrado Corazón de Jesús, que ama tanto a los hombres. También dentro de nuestra iglesia veneramos la figura de María, como madre de Dios y madre nuestra, y al igual que su Hijo abre el corazón a todos los pecadores, ella muestra también su corazón como refugio de pecadores.

La Iglesia celebra la fiesta del Inmaculado Corazón de María el segundo sábado después de Corpus Christi, es decir, un día después de la fiesta del Sagrado Corazón Jesús, dos fiestas que son consecutivas para manifestar que estos corazones son inseparables, pues Jesús recibe de manos de su Madre toda alabanza y gloria, y María siempre es quien nos lleva a Jesús. Esta devoción comenzó en el siglo XVII con la difusión que le dio San Juan Eudes. El 4 de mayo de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, el papa Pio XII consagró al mundo al Corazón Inmaculado de María, y estableció oficialmente la fiesta. Y fue San Juan Pablo II quien declaró la conmemoración del Inmaculado Corazón de María como obligatoria para la Iglesia universal; al celebrar esta memoria recordamos el regalo de su dulce corazón.

Sin duda que hablar del corazón de una madre hace despertar en nosotros los sentimientos más nobles y humanos que poseemos, y enciende el amor que nos hizo crecer desde pequeños. Así es el corazón de María; un corazón suave, dulce y amoroso que, al igual que la madre de cada uno, nos ama y nos espera, pues Jesús, antes de padecer en la Cruz, “al ver a la madre y junto a ella al discípulo a quien él amaba, dijo: ‘Mujer aquí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Aquí tienes a tu madre’” (Jn 19, 26-27). Es cierto, María no es sólo madre de Jesús, ni madre sólo del discípulo, sino que es madre nuestra: todo aquel que es seguidor de Cristo, es amado por él; y todo cuanto es amado por él, se lo ofrece a su propia madre.
María es nuestra madre, es madre de todos los hombres y en su corazón guarda siempre el deseo de nuestro bienestar; así como una madre que se preocupa incansablemente por sus hijos, cuando éstos son pequeños ante las enfermedades y las caídas, o cuando de adolescentes prueban por vez primera la dulzura y la amargura de un amor joven, o de jóvenes que salen de casa en busca de una propia historia, y aún cuando lleguen a ser mayores, una madre nunca deja de lado a un hijo, a pesar de todo, ella siempre permanece. Así es el corazón de María, siempre vigilante y a la espera de sus hijos, no sólo nos cubre con su manto y nos libra de los peligros sino que en su seno encontramos su corazón dispuesto a aceptarnos tal como somos; aun siendo pecadores María tiene su corazón listo para recibirnos.

Ahora debemos preguntarnos cuántas veces hemos faltado a este amor, cuántas veces nos hemos alejado de este corazón, sin desearlo cometemos ofensas contra este dulce corazón; cuántas veces nos hemos preguntado por el sentimiento que ocasionamos en el corazón de nuestra madre, a veces son más amarguras y preocupaciones que alegrías y dichas, pero ni eso quita el amor de una madre, pues el corazón de una madre siempre es escuela de un niño, el hogar más dulce que pueda existir. Tan grande es el amor de una madre que hasta Dios mismo quiso tener una, y la quiso para él y para todos, y ahora disfrutamos también de la ternura de su madre porque es madre nuestra, amor que se encuentra en su corazón, pues tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo, y tanto amó el Hijo a los hombres que entrego a su única madre, pues Dios nos amó primero y así lo demuestra mediante el corazón de su hijo, y así también a través del corazón de su Madre.

Por Rosalío Velasco Espinoza

Tercero de Filosofía

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