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El santificador y los santificados tienen la misma condición | XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Hebreos 2, 8-11

Convenía que Dios consumara en la perfección, mediante el sufrimiento, a Jesucristo

En muchas ocasiones podemos experimentar la angustia, el estrés, la desesperación, que puede desembocar en una ansiedad que, si no es manejada de una manera adecuada o incluso con ayuda profesional, nos podría arrastrar a una depresión fortísima.

Ante tal sentimiento nuestra primera reacción podría ser culpar a alguien, lo que quizá manifestaría falta de responsabilidad: los primeros son los otros. Y si no hay la oportunidad de culpar a otros, puede llegar esa idea de reclamarle a Dios el por qué nos manda tantas cosas: ¿acaso no se habrá pasado? La prueba es muy grande, ya fue mucho, ¿no? Surge una pregunta: ¿De dónde nos vienen estas experiencias negativas? Pueden ser consecuencia de circunstancias de la vida que no dependen de nosotros, pero muchas veces son consecuencia de nuestras propias acciones…

Lo más valiente es aceptar la responsabilidad de nuestras acciones cuando tenemos que hacerlo. Dios nos perdona siempre, debemos estar seguros de ello. Sin embargo, no nos quita la responsabilidad por nuestros actos. El sentimiento de culpa o incluso vergüenza que experimentamos como resultado de nuestras equivocaciones nos lleva a ser responsables. Debemos aprovecharlo para corregir el camino y seguir avanzando con optimismo. Dios nos invita a que, una vez aceptando la responsabilidad de nuestros actos, lleguemos a un conocimiento profundo de nosotros mismos y crezcamos como personas.

Nuestro Hermano Jesucristo experimentó la realidad del sufrimiento en la Cruz y no como un hombre derrotado, sino que con su resurrección dio sentido salvador a la muerte y al dolor y, con ello, da una orientación completamente nueva a toda la realidad del hombre.

Padre Dios nos otorgó la libertad y en ella tomamos decisiones para bien o para mal, si son para mal Dios respeta nuestra libertad, pero nunca deja de perdonarnos y de invitarnos a rectificar nuestro camino, nunca deja de recibirnos como hijos. Es aquí donde vemos un Dios de misericordia que es Padre y como tal nos invita a ir por el camino correcto, no buscando una soledad enfermiza sino ver su presencia en los hermanos, en las personas que nos rodean y, por excelencia, ver a nuestro Hermano Jesucristo que ha querido compartir nuestra condición humana y cuya muerte y resurrección redunda en bien de todos.

Nos invita a no quedarnos en las cosas negativas o los sentimientos y emociones que estas nos provoquen, no permitamos que nos roben la paz sino veamos que Dios siempre tiene la última palabra por más que el mal se haga presente de una u otra manera en nuestras vidas. Caminemos por la vida con la certeza de que Dios quiere que todos sus hijos tengan parte en su gloria.

Por Julio Montoya Gallegos

Segundo de Teología

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