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Seguir a Jesús por el camino | XXX Dom. Ord.

Hoy la liturgia nos presenta un hermoso relato del evangelio según san Marcos (10, 46-52). Se nos narra la historia del ciego Bartimeo que, sentado a la orilla del camino, al escuchar que Jesús pasa se pone a gritar pidiéndole que tenga misericordia de él a pesar de que muchos lo regañaban para que se callara. El Señor Jesús se detuvo y lo hizo llamar para preguntarle qué era lo que quería que hiciera por él. Cuando el ciego le pidió poder ver, el Señor le devolvió la vista y Bartimeo comenzó a seguirlo por el camino.

El Señor Jesús muestra su gran misericordia en este relato y nos anima con la confianza de que podemos acudir a él cuando la oscuridad parece apoderarse de nuestras vidas, cuando nuestro pecado nos hace sentir que no merecemos su amor, o cuando los problemas y dificultades que experimentamos en nuestras vidas nos impiden ver la luz: el Señor siempre tiene misericordia de nosotros, basta que nos acerquemos a él con fe. No nos quedemos a la orilla del camino cuando el Señor pasa por nuestra vida, confiados pidamos su misericordia y acudamos de prisa a su encuentro como Bartimeo cuando fue llamado por él. Sigámosle sin miedo por el camino sabiendo que a su lado no habrá oscuridad que nos haga tropezar. Sigamos a Jesús por el camino.

Pero no olvidemos que seguir a Jesús por el camino implica el caminar con él, el seguir sus pasos. En otras palabras, el que se ha encontrado con el Señor y ha comenzado a seguirlo debe esforzarse por asemejar su vida a la de Cristo, imitarlo en sus actitudes. Jesús nos invita en este día a ser misericordiosos como lo es él, a estar pendientes de las necesidades de los demás y hacer lo que esté en nuestras manos por ayudarlos. ¡Cuántos hermanos nuestros se encuentran a la orilla del camino esperando nuestra ayuda! No nos hagamos sordos a las necesidades de quienes nos rodean. El Señor nos invita a ser canales por los que su misericordia llegue a los demás. Siempre podemos hacer algo por nuestros hermanos: dedicar un momento para escuchar a quien lo necesita o quizá darle algún consejo; tal vez podemos ayudar también materialmente a aquellos que pasan dificultad, que no tienen trabajo u hogar, a los migrantes; siempre podemos hacer algo bueno por nuestros hermanos.

Atrevámonos a experimentar en nuestra vida la misericordia de Dios, él siempre está dispuesto a ayudarnos, a perdonarnos, a devolver la luz a nuestra vida; también pidámosle que nos ayude y anime para ser generosos y transmitir esa luz con que nos ilumina, compartir los dones que nos da a manos llenas, ayudar a que también otros se levanten y puedan seguir a Jesús por el camino.

Víctor Francisco López Méndez

Tercero de Teología

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