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Solemnidad de Todos los Santos

«Santo Dios, santo fuerte, Santo inmortal», oramos en la liturgia del viernes Santo. Como creador de toda la vida, Dios también es el compendio y la plenitud de la santidad, y es el único santo, del que todos los santos de este mundo recibieron su parte de perfección por la gracia. Este don de la santidad, regalo del Padre amoroso desde el día en que renacimos por el agua y el Espíritu Santo, obra en nosotros con impulso misterioso para que todas nuestras acciones tiendan al primer origen y a nuestra última meta. Así cada uno de nosotros está llamado y ha sido elegido para la santidad, que debe ser el cumplimiento normal de toda vida cristiana.

Al honrar los santos, la Iglesia en verdad alaba la bondad de Dios, que les concedió el torrente de su gracia y, al invocarlos, su clamor no se detiene en su intercesión, sino que llega hasta el mismo Cristo a quien estos bienaventurados están ligados íntimamente en la unidad de su Cuerpo Místico. Nosotros también los amamos y veneramos porque la plenitud de la vida de Cristo se manifiesta en ellos. La gloria de Cristo brilla en ellos y mueve nuestros corazones para seguirlos e imitarlos en su lucha por el bien.

Santidad es gracia, pero santidad también incluye cooperación humana y libertad, que sea valiente y que dé su máximo esfuerzo, pues la gracia no anula la naturaleza ni las consecuencias del pecado original. Por eso el rostro de todo santo ostenta las huellas de la lucha y del sufrimiento. Ningún ángel les apartó las piedras del camino. Cada uno de ellos soportó, con dificultades, cada uno tenía sus tareas y problemas especiales; ninguno se ganó el premio sin haber cargado su cruz, ya que las tentaciones siempre los acompañaron, pero lograron vencerlas, muchos cayeron y volvieron a levantarse. La Iglesia por su gran universalidad no conoce a todas aquellas personas que han vivido de manera heroica, pero que ya fueron aceptados por Dios en su gloria, y siguen al Cordero a donde quiera que vaya. Nadie conoce sus nombres; tal vez en la tierra fueron insignificantes y depreciados; entregados a la voluntad de Dios, sufrieron el martirio de las obligaciones cotidianas con alegría, todos estos santos anónimos se honra en la fiesta de este día, les rogamos que intercedan por nosotros para que sigamos valientemente sus pasos.

Guillermo Mauricio Saucedo

Segundo de Teología

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