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Todo está cumplido | Viernes Santo

En este día recordamos la pasión y muerte de nuestro Señor Jesús, quien con el corazón lleno de amor quiso dar su vida por todos nosotros. Él, al momento de ofrecerse, no solo lo hacia pensando en los hombres de su tiempo, sino que su amor era tanto que pensó en todas las generaciones de la humanidad, gracias a ello hoy también somos redimidos.

Hoy es un buen día para reflexionar lo que significa dar la vida. Hoy es un día de silencio e interiorización. Por ello me parece que las palabras de esta reflexión pueden salir sobrando; sin embargo, para iluminar un poco nuestros pensamientos, los invito a poner nuestra mirada en tres aspectos que refleja hoy la Palabra de Dios:

  1. Jesús fue despreciado y rechazado por los hombres de su tiempo. Esta frase que aparece en el libro del profeta Isaías hoy se vuelve a actualizar y por ello podemos decir que Cristo sigue siendo despreciado y rechazado en el más débil, en el que no queremos aquí en nuestra comunidad, en el niño o niña que sufre la violencia, en tantos hermanos que han muerto inocentemente, en tantas mujeres que dan su vida por los demás y no ven recompensa de sus buenos actos. Hermanos, Cristo vive en nosotros y nos invita a que descubramos en el interior de todos los humanos su mismo rostro, así podremos ir creando una civilización de respeto y fraternidad.
  2. Cristo nos acompaña en nuestras pruebas. Ante nuestro mundo tan lleno de violencia y de inseguridad, puede nacer en nuestra mente la pregunta ¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite tanto mal? Y nosotros respondiendo desde nuestra fe podemos afirmar que Dios está con el que sufre, Dios está junto al que llora, al que ya no le encuentra sentido a su vida, Dios está en medio de la familia que sufre la desaparición de uno de sus miembros. Dios es un Dios personal, que mora en nosotros y nunca nos abandona.
  3. Finalmente, ¿qué nos queda hacer ante este día lleno de dolor y tristeza? Solo podemos esperar en la resurrección, es decir, no dejar que nuestro corazón se muera por el desaliento, sino que arda de fe y amor al saber que junto con la resurrección de Cristo también puede resucitar nuestra vida y nuestra esperanza.

Que la Virgen María, nuestra Madre dolorosa, nos permita acompañarla en su dolor y nos enseñe el valor de la esperanza. Que ella, que estuvo al pie de la cruz con su hijo, sea un ejemplo para nosotros de paciencia, amor y esperanza. Sigamos guardando este día santo con nuestro silencio, recogimiento interior y oración.

Marco Antonio Ureño Arriaga

Seminarista de primero de Teología

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