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Todos honran a un profeta, menos los de su tierra | Domingo XIV del Tiempo Ordinario

En la Biblia, el verdadero profeta es el que recibe el Espíritu del Señor. De esa manera, pues, el profeta no se vende a nadie, ni a los reyes ni a los poderosos, sino que su corazón, su alma y su palabra pertenecen al Señor que les ha llamado para esta misión. Dar el mensaje de parte de Dios, implica anunciar y denunciar. Por ello sabemos que los verdaderos profetas fueron todos perseguidos. Pero para ellos no es otra cosa que vivir de acuerdo a la verdad, esa verdad que todo humano debe de buscar sin cesar.

El pueblo «rebelde» (Ez 2, 2-5) se acostumbra a los falsos profetas y vive engañado porque la verdad brilla por su ausencia, opacada por falsos placeres y sueños sin futuro. Por eso es tan dura la misión del verdadero profeta. Quizá para entender todo lo que significa una llamada profética, que es una experiencia que parte en mil pedazos la vida de un hombre fiel a Dios, debemos poner atención en que a ellos se les exige más que a nadie. No hablan por hablar, ni a causa de sus ideas, sino que es la fuerza misteriosa del Espíritu que les impulsa más allá de lo que es la tradición y la costumbre de lo que debe hacerse. Es a causa de esta fuerza que lo empuja que el profeta aviva la Palabra del Señor, y la lleva a los pobres y faltos de Dios.

En la segunda lectura (2 Co 12, 7-10) Pablo nos hace referencia a una espina clavada, la cual puede hacer referencia a la enfermedad, pero la podemos interpretar de distinta manera, es decir, como las trabas o dificultades que tiene cualquier profeta al anunciar la palabra de Dios, y al rezarle al Señor, este le responde: “Continúa, mi gracia te basta”. Esa gracia le hace fuerte en la debilidad; le hace autoafirmarse, no en la destrucción, ni en la vanagloria, ni en la soberbia, como nos dice la lectura, sino en aceptarse como lo que es, quién es, y lo que Dios le pide. Pablo construye, en síntesis, una pequeña y hermosa teología de la cruz; es como si dijera que nuestro Dios es más Dios cuanto menos portentosamente se revela. El Dios de la cruz, que es el Dios de la debilidad frente a los poderosos, es el único Dios al que merece la pena confiarse. Eso es lo que Pablo confiesa en este bello pasaje.

En el evangelio de San Marcos (6, 1-6) este es un momento que causa una crisis en la vida de Jesús con su pueblo, con sus amigos y conocidos porque se pone de manifiesto la «falta de fe», de confianza en Él, y sin esa confianza Jesús no puede realizar allí milagros, dice el texto de Marcos, porque, aunque los hiciera no creerían. Sus ojos están puestos en los defectos de su familia. Sin la fe, el reino que él predicaba no puede experimentarse.  Muchas veces esto nos puede pasar, el no creer en Jesús y poner nuestra confianza en otra gente, en otras cosas por pensar que Jesús no nos puede liberar de esos males que tenemos o cargamos en nuestra vida. En el evangelio este es uno de los momentos de crisis de Galilea. Por ello el evangelio de hoy no es simplemente un texto que narra el paso de Jesús por su pueblo donde se había criado, Nazaret, sino que esto se enlaza con las otras dos lecturas: no escuchan la voz de Dios, ni de los profetas, ni la de él mismo, y es más o menos la espina a la que hace referencia Pablo, la incredulidad que duele hasta lo más profundo. Con palabras como “este es el hijo del carpintero y de María”, se pone de relieve que en realidad así son los profetas, sacados de la gente humilde para confundir a los poderosos y soberbios, para hacer entrar en razón al pueblo. En esto Jesús, como profeta, se estaba jugando su vida como los profetas del Antiguo Testamento, a ser ignorado o incluso a ser asesinado por causa de la Verdad.

Pidamos a María que siempre confió en la voz de Dios para dirigir su vida, incluso en los momentos más difíciles de la vida siempre supo aceptar la voluntad de Dios, que nos ayude a ser dóciles a esa voz de los profetas actuales.

Por Gerardo Chávez López

Año de servicio pastoral

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