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Yo soy el Pan de vida | Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

Uno de los temas centrales en las lecturas de este domingo sin duda es el hambre, cosa que no es ajena a nadie. Es una sensación que se quiere evitar, y cuando se está padeciendo se desea quitar lo más rápido posible, saciando el estómago con el alimento.

La primera lectura (Ex 16, 2-4.12-15) nos da un claro ejemplo en el que el pueblo de Israel sufre hambre en medio del desierto, que lo lleva incluso a renegar de Dios y de Moisés, renegar de la maravillosa salida de Egipto, prefiriendo su vida pasada de esclavitud a la libertad: «Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos»; es triste ver que el pueblo se dejara dominar por el hambre y culpar de tal forma a Dios de los sufrimientos por los que pasaban.

Dios, escuchando la murmuración del pueblo, manda un pan del cielo, y ordena a Moisés decirles que se saciaran de carne y del maná. El Señor nunca deja desamparado al pueblo, les dio de comer este maná que sació a los hebreos durante su caminar en el desierto, pero este pan solo sació el vientre, aunque lo comieron durante cuarenta años, seguían teniendo hambre.

En el Evangelio (Jn 6, 24-35) vemos algo bello y extraordinario. Jesús se topa con la multitud que lo seguía porque Él los había saciado con la multiplicación de los panes, e incluso les dice que ellos lo siguen porque les da de comer. Muchas veces nosotros podemos tener la actitud de esta multitud, que solo queremos saciar el hambre inmediata del cuerpo sin tener en cuenta el alimento que dura para la vida eterna, es decir, nos preocupamos solo de lo meramente terreno. El alimento corporal es indispensable para vivir, pero hay otro alimento que es más importante, ese por el que el Señor nos invita a luchar.

¿Cuántas veces no hemos sentido hambre en el vientre? Pero, ¿cuántas más no hemos sentido hambre de Dios? Puede haber gente saciada, pero vacía en el alma. La multitud que seguía a Jesús solo se dejaba llevar por este instinto, hasta que Él les hace la invitación de comer el Pan verdadero que bajó del cielo: «Yo les aseguro: no fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo».

Jesús, nos da una respuesta a esa interrogante que tenemos cuando no sabemos qué hacer en los momentos de hambre espiritual, de tristeza, dolor, resentimientos, soledad… muchas veces en nuestra vida hemos tenido todo lo que se necesita para vivir, hablando corporal y humanamente, es decir, una vida “feliz” pero a pesar de tenerlo todo también sentimos esa necesidad de saciar algo, saciar el deseo de trascender.

La muchedumbre le pide a Jesús ese Pan del que les habló: «Señor, danos siempre de ese pan». Ellos aún no comprendían cuál era ese Pan milagroso que los saciaría de esa hambre de eternidad, hasta que Jesús dice: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed».

He aquí uno de los pasajes más bellos de los evangelios. Jesús se presenta como ese alimento que nos dará la eternidad. Él es el Pan que nos dará fuerzas en esta vida para luchar contra las adversidades, problemas, injusticias, y que además nos dará la gracia para santificarnos. «Yo soy el pan de la vida…», Jesús es el verdadero alimento por el que debemos luchar, sin descuidar el alimento corporal, pero este Pan es el que nos dará la eternidad.

Pero ¿cómo comerlo? Muy sencillo, todos los domingos puedes acudir a Él, más aún, todos los días. Pero, ¿qué necesito hacer? Fácil, san Pablo nos da la respuesta en la segunda lectura, de la Carta a los efesios (4, 17.20-24): «No deben ustedes vivir como los paganos… dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad», en otras palabras, vivir como un auténtico cristiano, luchando todos los días por vivir unido a Dios, frecuentando los sacramentos, sobre todo la penitencia, practicar la caridad, amando a los otros.

No olvidemos que Jesús nos da siempre el Pan de la vida eterna, es decir, la Eucaristía. Que este sea el alimento que nos esforcemos  por conseguir para que nos dé fuerza en esta vida y también la vida eterna.

Por Saúl Trejo Martínez

Año de inserción pastoral

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