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Afectividad ¿Amenaza o solución?

En este artículo abordaré el tema de la afectividad, ya que es de vital importancia en nuestros días tener noción de lo que es, cómo podemos integrarla en nuestra persona y lograr tener relaciones sanas con los que nos rodean.

Durante mucho tiempo el tema de los sentimientos se tomó con reservas y de forma negativa por pensamientos machistas o autoritarios, que veían a la persona que los demostraba como un ser débil; sin embargo, en la actualidad la actitud hacia los sentimientos ha dado un giro hacia el otro extremo, ya que se toma el emotivismo como punto de referencia en la sociedad, como fundamento ético en las relaciones entre individuos. Ahora, ¿cómo podemos encontrar un equilibrio entre la posición racionalista que ve los sentimientos como debilidad y la posición sentimentalista que tiene lo emotivo como fundamento ético?

Tocaré este tema en cuatro puntos mediante, con el objetivo de llegar a un justo medio entre el racionalismo y el sentimentalismo. 1. ¿Qué es la afectividad? 2. Elementos de la afectividad. 3. Afectividad más allá del sentimentalismo y del racionalismo. 4. La virtud como integración de la afectividad.

 ¿Qué es la afectividad?

La afectividad puede ser descrita como una cualidad del hombre que está caracterizada por la capacidad de experimentar íntimamente las realidades exteriores y experimentarse a sí mismo, es decir, de convertir en experiencia interna cualquier contenido de conciencia.

Trataré de explicar esta definición con el siguiente ejemplo: Juan es un joven que le gusta el fútbol. Un día, jugando le dan una patada que claramente no fue intencional, decide levantarse y seguir jugando. Aquí Juan ha tenido una experiencia exterior que fue la patada y en su interior esta acción ha generado un sentimiento, sin embargo, sigue jugando normalmente. La afectividad es tener una experiencia y estar consciente de lo que ha provocado en el interior de la persona, para poder tomar decisiones acertadas.

Elementos de la afectividad

Desde el punto de vista antropológico-filosófico se manejan tres elementos de la afectividad, los cuales van de la mano en este proceso. Las emociones son el primer elemento ya que éstas se caracterizan por ser involuntarias y pasajeras, por ejemplo: muchas veces sentimos tristeza y no sabemos la razón del por qué estamos tristes, involuntariamente tenemos esta emoción. Son una perturbación brusca, profunda de nuestro pensamiento y de nuestro cuerpo. Son pasajeras ya que se puede pasar de una emoción a otra en poco tiempo.

Los sentimientos son el segundo elemento. Éstos se caracterizan por llevar más a fondo las emociones; son conscientes y permanentes. Por ejemplo, el rencor. La persona puede sentir coraje por alguna situación por la que ha pasado con otra persona, al paso del tiempo si no se asimilan las cosas se convierte en un sentimiento de rencor que ya es más difícil controlar.

Y las pasiones que son el tercer elemento de la afectividad, se caracterizan por ser un conjunto de sentimientos, por ejemplo, una persona que le apasiona el futbol puede tener diferentes tipos de sentimientos al verlo o jugarlo.

Muchos no sabemos identificar estos elementos en las distintas experiencias de nuestra vida, pero también hay que recalcar su importancia ya que no es malo sentirlos, y a su vez se debe reconocer la inteligencia para no dejarse llevar sólo por la emoción.

La afectividad más allá del sentimentalismo y del racionalismo.

En nuestro tiempo nos damos cuenta de que los afectos (emociones, sentimientos y pasiones) pueden pasar a ocupar la posición fundamental de la ética, a esto es a lo que llamamos sentimentalismo (desarrollado en la filosofía moderna y contemporánea) puesto que, tanto en el plano teórico como en la vida práctica, llegan a funcionar como indicadores de lo bueno y lo malo. Cabe preguntarse, ¿es el sentimiento el que regula la moralidad de una acción? Si lo viéramos desde la perspectiva sentimentalista la respuesta sería positiva.

En el extremo opuesto tenemos a la ética estoica y el racionalismo ético (representado principalmente por Kant y Hegel) que ven los sentimientos de cada persona de forma negativa, como si fuera algo propio de seres débiles. Para estos autores las emociones, los sentimientos y las pasiones son un estorbo para la razón; lo único correcto es lo que la razón delibera. Esta corriente influyó fuertemente, hace algunos años, en muchas de nuestras familias, ya que, predominaban pensamientos de machismo y autoritarismo en los que al varón se le prohibía demostrar sus sentimientos. Ahora pasa todo lo contrario ya que se afirma que es el sentimentalismo del individuo lo que regula la moralidad de los actos. Si algo me hace sentir bien es bueno y si me hace sentir mal es malo. ¿Cómo encontrar el punto medio entre estas dos corrientes de pensamiento?  Lo responderé con el último punto.

La virtud como integración de la afectividad

Según Aristóteles, la virtud se encuentra en el justo medio, en este caso, entre la razón y el sentimiento.  Por tanto, la integración de los afectos se da a través de la virtud bajo la óptica del bien y la verdad; ésta es una de las constantes antropológicas de K. Wojtyla: “la sensibilidad es, sin duda alguna, una ventaja valiosa de la psique humana; pero para comprender su valor real debemos tener en cuenta el grado en el que se deja impregnar por la verdad”. De esta manera, para tener una afectividad íntegra es necesario un sano equilibrio entre mente (razón), corazón (sentimiento) y actos, el cual se logra por medio de la virtud de acuerdo al bien y la verdad. En síntesis, es de vital importancia tener conciencia del sentimiento que estoy experimentando, que la razón lo haya asimilado y, en base a esto, saber de qué manera manifestarlo (darle un sentido-significado), como lo hizo Juan en el ejemplo antes mencionado.

José Luis Hernández Herrera

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