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El problema del individualismo

El año 2020 desde su llegada parece ser muy prometedor. Los avances, en muchos aspectos de la vida, como las ciencias o los medios de comunicación, son un claro ejemplo de ello. Nos encontramos en un momento clave no solo del presente, sino que puede llegar a ser determinante para el futuro. Sin embargo, existe un mal que aqueja la estructura fundamental de la sociedad, limitando la capacidad de relación entre los humanos.

La «individualidad» es un tema de la sociología que ha sido abordado por varios pensadores, entre ellos Zygmunt Bauman, quien también ha tomado aportaciones de otros sociólogos-filósofos, y con ello, realizó varias obras, entre ellas «Modernidad Líquida» cuyo objetivo principal es hacer un análisis de los comportamientos actuales de la humanidad.

Desde siempre ha existido en el corazón del hombre el deseo de la libertad, sobre todo cuando se vive en la esclavitud o bajo el dominio de un sistema opresor. La emancipación de las colonias europeas en América es un ejemplo de ello, sin embargo, estos hechos históricos nos hablan de la gran responsabilidad que la libertad exige. No siempre hemos sabido progresar, por eso Bauman se pregunta ¿es la libertad una bendición o una maldición?, ¿una maldición disfrazada de bendición o una bendición temida como una maldición? Son preguntas que todos nos debemos de hacer algún día. Es el ejemplo de los jóvenes que deciden dejar la comodidad de la casa de sus padres, sin embargo, para eso deben primero analizar si cuentan con los recursos necesarios para salir adelante, de lo contrario será mejor que den prioridad a la consolidación de una estabilidad en todos los sentidos. Solo el hombre que es capaz de pensar sabe salir adelante luchando contra las adversidades que el día a día nos trae. Cornelius Castoriadis afirma que lo que está mal en la sociedad en la que vivimos es que ha dejado de cuestionarse a sí misma.

El riesgo más grande al que nos podemos enfrentar es que una aparente libertad nos lleve a la exclusión y con ello a una indiscutible destrucción de la sociedad. Son los individuos, los que al constituir comunidad, conforman un grupo, familia u organización. Cuando las personas se excluyen se comienza a descomponer el tejido social. Alain Tourain habla de la muerte de la definición del ser humano como ser social, definido por su lugar en una sociedad que determina sus acciones y comportamientos. Es precisamente eso lo que nos identifica como humanos, la capacidad de relacionarnos unos con los otros. Hoy es muy constante ver la poca perseverancia en las relaciones humanas, conflictos internacionales, familias que fracasan, entre otros síntomas que cada vez más vienen aquejando a la sociedad. Leo Strauss habla de la libertad sin frenos, fruto de una necesidad de salir de lo rutinario. Es algo desafiante, sobre todo si nuestra opción de superación nos lleva a un total desenfreno en el que no sabemos qué es más esclavizador, si la opresión de la vida pasada o el precio de vivir en la radicalidad marcada por el desenfreno y el libertinaje.

Es este el panorama al que nos estamos enfrentando. Si la humanidad tiende cada vez más a aislarse, ¿hay alguna esperanza para los años venideros? Es conveniente observar los signos de los tiempos no sólo como un mal desesperanzador, sino como una oportunidad de diagnóstico que nos permita reorientar, en dado caso que algo estemos haciendo mal. Ante todo esto es necesario señalar la importancia que tiene sentirnos parte integral de una sociedad, ser actores, no espectadores. Con todas las transformaciones actuales, muchas veces deformaciones, es necesario retomar el proyecto original de la humanidad. Volver a considerar porqué estamos en el aquí y el ahora, atrevernos a ser firmes en la lucha, siempre en miras de obtener un beneficio universal, pero, sobre todo, que como personas nos demos cuenta de la gran riqueza de la unidad.

Por Martín Rosales Quiroz

Segundo del etapa discipular

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