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Sacarle jugo a la tristeza

Todos en la vida hemos experimentado momentos que nos golpean y muy fuerte, tocando lo más íntimo y profundo de nosotros. Todos hemos tenido fracasos, todos hemos sido heridos o humillados por alguien; todos hemos caído o fallado a quienes más amábamos; hemos perdido el rumbo, hemos perdido esperanzas, hemos perdido algo valioso o a un ser muy querido. Seguramente tú has sufrido, has llorado o te has rendido. Seguramente un día estuviste triste.

¿Es posible sacarle jugo a los limones de la vida o es sólo un dicho motivacional?

La tristeza es un sentimiento que existe y que es universal, es decir, que todo ser humano que viene a este mundo lo ha experimentado. Es un sentimiento que, por su naturaleza, puede llegar sin avisar, sin que sepamos realmente su causa, puede ir creciendo poco a poco incrementando a su vez su intensidad. En muchos casos puede ni siquiera ser expresado por quien lo posee: por fuera puede verse bien la persona pero por dentro, no podemos medir la magnitud de la batalla que está soportando aquella persona.

Dios, en su infinita sabiduría, ha puesto en nosotros emociones y sentimientos que son herramientas para nuestro obrar y pensar. La tristeza, dentro el plan perfecto de Dios, tiene su función sabia: prepararnos para el cambio.

Con la tristeza nos vienen impulsos que pueden depender de nuestra madurez. Una pérdida nos genera tristeza. Instintivamente nos aislamos, socialmente tendemos a pedir consuelo y una personalidad adulta suele aceptar la limitación. Lo que debemos lograr es un equilibrio entre el corazón y la cabeza, porque podemos dejarnos llevar eternamente por el sentimiento o podemos ser insensibles a la pérdida y continuar equivocadamente como si nada hubiera pasado.

Lo rico de la tristeza es que nos pone con contacto con nosotros mismos –a quienes muchas veces dejamos olvidados o medio secuestrados-, nos pone en contacto con nuestro interior sagrado, donde sólo estoy yo y Dios. Sí, nos aísla, pero para buscar respuestas. Las respuestas que encontremos, buenas o negativas, le darán nuevo orden u organización a mi vida y escala de valores; obtendré una nueva estructura para ser, ver y juzgar mi propia vida, a los demás y a Dios. Busca buenas respuestas.

El manejo virtuoso de la tristeza será el llegar a conocerme a mí mismo más profundamente, ¡es muy importante buscar los tiempos y lugares adecuados para hacerlo! Podemos vivir sin conocernos realmente, desaprovechando tantas cosas buenas que hay en ti o sin darle lugar a tu crecimiento interior.

Siempre déjate ayudar por personas sabias o preparadas y ten a la mano remedios buenos para combatir la tentación de la tristeza. Si no la sabemos usar podremos llegar a la melancolía (tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada), al aislamiento o a la depresión.

Una herramienta muy poderosa para vencer la tristeza siempre será una buena oración llena de mucha confianza en Dios. Siempre que puedas dile: Señor, yo confío en ti porque me amas, porque eres bueno.

Para terminar, quiero darte cinco consejos para cuando llegue la tristeza:

  1. Date un pequeño placer (un sabroso chocolatito, un rico café, una buena cerveza siempre ayudan a salir adelante).
  2. Desahógate. A menudo un momento de melancolía es más duro si uno no consigue desahogarse, y es como si la amargura se acumulase hasta hacer difícil hacer cualquier cosa. El llanto es un lenguaje, un modo de expresar y de deshacer el nudo de un dolor que a veces resulta sofocante. También Jesús lloró. Y el Papa Francisco observa que “ciertas realidades de la vida se ven sólo con los ojos limpios por las lágrimas. Invito a cada uno de vosotros a preguntarse: ¿yo he aprendido a llorar?”.
  3. Rodéate de buenos amigos que te inspiren fe y alegría, desahógate con ellos. A veces basta un mensaje, una breve llamada telefónica incluso solo para contar o escuchar a un amigo y el panorama se aclara.
  4. Salir a ver las cosas buenas de la vida: sal a caminar, mira la belleza de la creación, ve a un museo a ver obras bellas, escucha tu canción favorita y música alegre que te levante el ánimo y habla siempre de las cosas bellas de la vida, coméntalas.
  5. Duerme bien y date un buen baño: Es profundamente cristiano entender que, para remediar un mal espiritual, es útil un alivio corporal. Desde el momento en que Dios se hizo Hombre, y asumió un cuerpo, se ha superado la separación entre materia y espíritu.

 

Por Guillermo Yoav Flores Aréchiga

Segundo año de la etapa discipular

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