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San José, ejemplo de virtudes.

Después de Jesús y de María, su madre, pocos personajes evangélicos han llamado tanto la atención en la Iglesia a lo largo de los siglos como san José. La devoción al Santo Patriarca ha tenido múltiples expresiones, es el patrono de muchas personas, lugares y muchos llevan su nombre. Esto pudiera parecernos raro ya que los evangelios nos narran muy poco de sobre su persona, son solo 12 las ocasiones en las que la Sagrada Escritura nos presenta un pasaje con relación a este gran santo:

  • La genealogía de Jesús (Mt 1, 16; Lc 3, 23).
  • La anunciación del nacimiento del niño Jesús (Mt 1, 18-21.25-25).
  • El nacimiento del niño Jesús (Lc 2, 1-5.15-16).
  • La huida a Egipto (Mt 2, 13-15).
  • La familia va a vivir en Nazaret (Mt 2, 19-23).
  • La presentación de Jesús niño en el templo (Lc 2, 22.27.33.39).
  • Jesús en el templo a los 12 años (Lc 2, 41-51).
  • El hijo de José, el carpintero (Mt 13, 54-56; Lc, 4, 22; Jn 1, 45; Jn 6, 41-42).

A pesar de ello los evangelios tampoco nos muestran ni siquiera una palabra que haya salido de la boca de José, podemos llamarlo el santo de la simplicidad, de la sencillez, el santo del silencio y es precisamente el silencio el que nos conduce a contemplar de una manera más profunda la vida y obra del santo, porque desde ahí él mismo supo contemplar el misterio del plan de Dios, ya que sólo en el silencio se encuentra lo que se ama. Solo en el silencio amoroso es desde donde se puede contemplar el misterio más trascendente de la redención, de un Dios que por amor se ha hecho hombre como nosotros.

Sin duda que José es un buen ejemplo para todo padre cristiano, pues educa a Jesús de una manera extraordinaria: le enseña la belleza de los campos, las higueras que apuntan sus brotes en la primavera, las vides con sus pámpanos y racimos, le explica la necesidad de la poda para que den uvas; le muestra las ovejas en el ganado, y las que se escapan; la belleza de los lirios del campo, la cizaña en el trigo, la semilla sembrada en la tierra; el aspecto del cielo, si rojo, o azul, si raso o con nubes. El peligro de la tormenta, la gallina y los polluelos. Lo que después improvisará en sus parábolas y predicación.

Cuando Dios decidió fundar la familia divina en la tierra, eligió a San José para que fuera el protector y custodio de su Hijo; para cuando se quiso que esta familia continuara en el mundo, que se extendiera y se conservara la Iglesia, a San José se le encomienda el mismo oficio. Un corazón que es capaz de amar a Dios como a hijo y a la Madre de Dios como a esposa, es capaz de abarcar en su amor y tomar bajo su protección a la Iglesia entera, de la cual Jesús es cabeza y María es Madre.

Podemos aprender muchas cosas de san José: su sencillez, vivió su santidad envuelto en la simplicidad; silencio, actitud fundamental para entrar en profunda oración y relación con el Padre; trabajo, Dios nos atrae hacia sí a través de medios ordinarios, simplemente a través el cumplimiento de nuestras tareas; descanso, mientras que José nos muestra la dignidad del trabajo, tuvo algunos de sus mejores momentos mientras dormía; una gran devoción a Jesús y a María, aparte de Jesús mismo, nadie en la tierra conoció, entendió, y amó más a la Virgen María que el bueno de San José.

Pidamos a este gran intercesor que nos ayude a saber comprender los designios que Dios tiene para nuestra vida, y que con su ejemplo, sepamos responder de una manera firme y correcta a su voluntad; que nos comparta de su amor puro para poder recibir en nuestro corazón a Jesús y a María.

«San José mi padre y señor, enséñame a querer más cada día a Jesús y a María».

Por Juan Contreras Espinoza

Seminarista de tercero de teología

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