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Se encarnó por nuestra salvación

Dos mil años de reflexión no han sido suficientes para expresar la grandeza, profundidad y belleza del misterio de la Encarnación del Verbo. No hay palabras adecuadas para realidad tan tremenda, nuestro lenguaje será siempre limitado. Son, quizá, los santos quienes más se han acercado a este misterio, la vida de los santos es, con mucho, la mejor teología.

El 25 de marzo, 9 meses antes de la Navidad, celebramos la fiesta de la Encarnación. La liturgia de la Iglesia nos invita a colocarnos con humildad y sencillez ante esta realidad tan maravillosa y que sobrepasa toda lógica humana: Dios se hace hombre. Ante el misterio de fe del Verbo encarnado el creyente debe, ante todo, guardar un silencio reverente y cultivar en su espíritu la capacidad de admiración.

Los padres de la Iglesia, verdaderos teólogos y pastores del pueblo de Dios, supieron acercarse con sencillez a este misterio. Ellos desarrollaron la así llamada teología del intercambio, buscando con esto explicar al pueblo fiel y sencillo este misterio tan asombroso.

La fe en la preexistencia eterna de Cristo, Hijo del Padre, y en su encarnación no es producto de especulaciones fantasiosas, sino que está basada en la verdad que nos ha sido revelada. Es Jesús quien dice: «El mismo Padre los ama, porque ustedes me han amado y han creído que yo he salido de Dios» (Jn 16, 27). Las enseñanzas de los Padres sobre el misterio de la Encarnación están colmadas de admiración contemplativa, de profunda reverencia y de intensa devoción.

San León Magno, dice que la Encarnación es una muestra del poder de Dios: «Quieren demostrar (los maniqueos) que es cosa indigna de ser creída el que un Dios e Hijo de Dios pueda encerrarse en las entrañas de una mujer, y que la majestad de Dios haya pasado por la humillación de que, mezclado con la naturaleza carnal, naciera realmente con un cuerpo de hombre, siendo así que todo esto no es para Dios una afrenta, sino muestra de su poder».

Y la causa primera de la Encarnación, la clave para entender como Dios se hace uno de nosotros, es el amor, así lo explica San Gregorio Nacianceno: «El Hijo de Dios en persona, aquel que existe desde toda la eternidad, aquel que es invisible, incomprensible, incorpóreo, principio de principio, luz de luz, fuente de vida y de inmortalidad, expresión del supremo arquetipo…él mismo viene en ayuda de la criatura, que es su imagen, por amor del hombre se hace hombre».

Pbro. Aurelio Ponce Esparza

Prefecto de estudios

 

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