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VOLVAMOS A LO ESENCIAL DE LA CUARESMA

Seguimos avanzando en este tiempo de gracia que Dios nos concede cada año: el tiempo de cuaresma. Cuarenta días de preparación en los cuales el cristiano recuerda su caducidad y su debilidad ante el pecado. Los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto fueron de duras pruebas, el diablo se le presenta e intenta acabar con la misión que le fue encomendada por su Padre (Mc 1,12-13). Y no es de extrañar que a los cristianos también nos pase.

Estos cuarenta días culminarán con las vísperas del Jueves Santo, y deben ser vividos con profundo respeto y devoción, pues es un tiempo propicio para reflexionar en el amor del Padre al entregar a su Hijo en sacrificio por nuestras faltas. También nuestros sufrimientos los podemos unir al sufrimiento de Cristo (2 Cor 1,5). Estos días no deben ser ajenos para los cristianos que fuimos comprados a precio de sangre (1 Cor 6,20).

Durante este tiempo la Iglesia pone como obligatorio dos días de ayuno, dentro de la cuaresma el miércoles de ceniza y un día del triduo pascual, el Viernes Santo. Cada cristiano debe hacer conciencia y en la medida de lo posible no reducir el ayuno a sólo dos días, sino que llevado por un deseo más grande de agradar a Dios mediante la mortificación y la penitencia deberá ofrecerse como víctima al servicio de los demás.

La Madre Iglesia propone durante todo el año diferentes tiempos para vivir más los misterios del Señor, y ahora, la cuaresma deberá suscitar en el cristiano un verdadero cambio interior, un deseo de ser cada día mejor, que hoy sea mejor que ayer y que mañana sea mejor que hoy. La conversión es un proceso mediante el cual, la persona busca tener un encuentro más íntimo con Dios Padre por el Hijo mediante la acción del Espíritu Santo.

El Papa Francisco nos sigue invitando a la conversión, este tiempo no es para ser moralizantes y destacar los pecados de cada creyente, sino que es un tiempo en el cual, el cristiano tomando en cuenta su debilidad, está llamado a una vida mejor. Este mundo nos ofrece muchos placeres haciendo desaparecer en nosotros el deseo de buscar algo más trascendente.

No tengamos miedo a la cruz de cada día, recordemos que ya hubo uno que cargó con nuestra debilidad (Cfr. 1 Pe 4,1). Reconozcamos nuestra debilidad ante Dios para que Él nos haga fuertes (2 Cor 12,10), y podamos así enfrentar y vivir en este mundo cambiante. ¡Señor dame lo que me pides y pídeme lo que quieras!

Por José Guadalupe Corona Torres

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