Categories: Reflexión dominical Leave a comment

Nos dio la libertad y la fuerza | VI Dom. Ord.

Si nos vamos a la primera lectura de este domingo, tomada del libro del Eclesiástico (hoy leemos el capítulo 15 y los versículos 14 al 20), ubicándonos desde el versículo 14: «Dios creó al hombre al principio y le dio libertad para tomar sus decisiones», después de este versículo viene una condicional «si quieres puedes cumplir lo que él manda y puedes ser fiel haciendo lo que le gusta». Resulta entonces que Dios nos dio libertad para escoger entre la vida y la muerte o entre el fuego y el agua, de lo cual viene la siguiente pregunta ¿realmente podemos escoger y hacer lo que nosotros vemos que es bueno? Si somos sinceros con nosotros mismos tendríamos que contestar que no.

Todos nosotros quisiéramos ser buenos hijos o buenos padres o buenos esposos según sea nuestra condición. La realidad es que, cuando queremos ser buenos, se atraviesa la carne y sufrimos la misma experiencia que nos relata San Pablo en su carta a los Romanos (en el capítulo 7, en los versos 15 al 19) donde dice el Apóstol que no entiende el resultado de sus acciones pues no hace lo que quiere y, en cambio, aquello que odia es precisamente lo que hace… una verdad que nos acontece a todos.

Ahora, ¿será lógico lo que nos está proponiendo Jesús con una ley que va más allá del precepto que tenían los antiguos? Claro que sí, porque lo que dice Jesús en el evangelio que hoy leemos (San Mateo en el capítulo 5, en los versículos 17 al 37) se refiere no a los antiguos sino a los nuevos, a los cristianos que han recibido una gracia particular para poder tener la fuerza de vencer nuestras malas inclinaciones. Por eso en el verso 24 de la misma carta de San Pablo dice «desdichado de mí, ¿quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo?» «Solamente Dios» (versículo 25).

Nuestra fuerza, hermanos, nos viene de la unidad con Cristo Jesús porque sin Él nada podemos hacer. Dios ha derramado su Espíritu en nosotros y mediante este Espíritu se alimenta nuestra relación con Jesús. Por esta razón, debemos buscar ratos en nuestro día para leer la Palabra de Dios, para pensar en las cosas del Señor, para conversar sobre cosas propias del hombre nuevo, para escuchar música cristiana, para que la vida comience a transformarse alimentando con ello nuestro corazón y nuestra relación con Jesús en la oración y unirnos con él, conociéndolo íntimamente (qué hace, cómo piensa, cuál es su voluntad) para así poder vencer nuestra concupiscencia, nuestras malas inclinaciones, viviendo y obedeciendo sus mandamientos haciendo visible nuestro amor por Cristo porque será él quien lo posibilitará por el Espíritu Santo que está activamente en nosotros haciéndonos experimentar realmente lo que es la felicidad cristiana.

José Reyes Venegas Gamboa

Seminarista de tercero de Teología

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *