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Estamos a tiempo de desenterrar los dones que el Señor nos ha confiado | XXXIII DOM. ORD.

Domingo, Día del Señor, para vivir y compartir la fe, de manera muy especial y particular en este tiempo de pandemia. No perdamos la esperanza, no dejemos de orar, pero sobre todo no dejemos de trabajar en lo que a cada quién nos toca para salir adelante de esta situación. En este día la Iglesia nos invita a reflexionar en torno a los dones que Dios nos da abundantemente a todos sus hijos según nuestra capacidad. Diremos tres cosas de este evangelio.

La primera es que Jesús les habla a sus discípulos de todos los tiempos, a nosotros de manera particular en este día nos enseña y nos instruye. Se habla de tres personajes a los que su patrón les confió una cierta cantidad de talentos. En el contexto cultural en el que habla Jesús el talento era una unidad de medida de plata de mucho valor, pero en nuestros tiempos lo podemos entender como los dones y virtudes con los que Dios nos ha dotado, para dar fruto abundante aquí en la tierra.

La segunda es que, en efecto, la parábola de los talentos nos refleja a todos. Dios el amo y Señor, conociendo la capacidad y la propia historia de cada uno de sus siervos les confía una de sus gracias. Ellos no la obtienen porque se la merezcan, ni tampoco se pueden tener por dueños de la misma, es un regalo de Dios, y Él lo da a quien quiere. Esta segunda cuestión nos debe invitar a reflexionar si me creo yo el dueño de la gracia que Dios nos da, ¿me hago dueño de los regalos de Dios? Ya que al sentirme el amo y señor de ellos puedo llegar a envidiar a quienes reciben más.

La tercera tiene que ver con el siervo que de manera muy prudente no quiso dar el fruto de aquello que el amo le había confiado. Tuvo miedo, así como muchos de nosotros tenemos de actuar, de cambiar, de convertirnos. Precisamente el pecado de este personaje es la omisión, porque dejó de hacer el bien que pudo haber hecho. Metámonos en su papel, cuántos de nosotros, a pesar de que sabemos qué es lo que tenemos que hacer, cómo mejorar, portarnos bien en nuestros trabajos, escuelas o con la familia y no lo hacemos. El miedo a dejar de hacer «lo que siempre se ha hecho» puede más, y es así que damos vueltas en el mismo círculo vicioso, cometiendo los mismos pecados.

El Señor a todos nos va a pedir cuentas, ojalá le podamos ofrecer frutos de los dones que nos da: amor, bondad, amabilidad, etc. Estamos muy a tiempo de desenterrar nuestro talento y multiplicarlo, no por vanagloria egoísta, sino en orden a adorar a nuestro buen Dios.

Por Daniel Quiñones Ortega

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