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La Misericordia alcanza a todo el género humano | V Dom. de Cuaresma

Existen muchas maneras de revisar nuestros actos, y una de ellas es la interiorización o la reflexión constante a luz de la Palabra de Dios. El Evangelio de este domingo, tomado del evangelio de San Juan (8, 1-11), es muy claro: la misericordia abarca más valores, entre ellos la justicia, y alcanza a todo el género humano sin importar raza, situación, género o rol social.

En ocasiones quisiéramos «conseguir pruebas» de parte de personas que consideramos sabias o de buen juicio ante situaciones similares como el caso de la mujer adúltera. No siempre es para escuchar precisamente el buen punto de vista, sino que nos aferramos a que esa persona prudente diga cosas malas de esa persona o la desacredite ante nosotros. Si hoy la lapidación no es ya una forma de castigar un acto desaprobado por nuestra sociedad, lo que sí existe es la murmuración, la calumnia y la difamación, y desafortunadamente duele más que una piedra lanzada a nuestro cuerpo.

La actitud de Jesús es muy clara: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Esta proposición muestra que somos seres limitados y que nadie tiene la potestad de juzgar al prójimo cuando no podemos «quitar la viga de su ojo» teniendo nosotros mismos una viga más grande o peor que la de nuestro hermano, una fragilidad mayor. Nos es más fácil gritar a los cuatro vientos lo mal que se porta un hermano nuestro que mirarlo de frente y corregirlo fraternalmente. Es mucho más fácil castigar con justicia que ver con misericordia la fragilidad del otro. Jesús no se fija en el acto exterior propiamente, sino en el corazón del pecador, necesitado del amor de Dios.

El pecado siempre es perdonado por Dios, y para ello debemos tener una actitud de arrepentimiento y de enmienda de nuestras acciones. Dios, a través del sacramento de la Reconciliación, perdona todo. Ante nuestros hermanos que cometen alguna falta pública o que nosotros sabemos de primera mano: es mejor corregirlo con caridad que aplicar la ley por la ley. Si Cristo (siendo Dios) no condenó a esta mujer, ¿quién somos nosotros para juzgar al que anda en malos pasos? O en palabras del biblista Luis Alonso Schökel en la traducción de la Biblia de nuestro pueblo: «¿De qué sirve tirar piedras si todos tenemos un techo de cristal?»

Rodolfo Gabriel Llamas Ramírez

Seminarista de primero de Teología

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