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Pentecostés, el cumplimiento de las promesas del Resucitado

¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!

Hermanos, hoy la Iglesia se llena de júbilo con la celebración de la solemnidad de Pentecostés. Esta gran fiesta es para los cristianos no solo el culmen del tiempo de la Pascua, de la alegría de la Resurrección, sino que es, además, el cumplimiento de las promesas del Resucitado. El Consolador, el Espíritu que Cristo Glorioso había prometido a sus apóstoles, por el cual nos convenía que Jesús ascendiera al cielo, ha sido enviado por el Padre en su nombre a toda la Iglesia, y por medio de ella, a la humanidad entera. Dichas promesas que hoy tienen su realización aparecen precisamente en la Palabra de este día.

El mismo Espíritu Santo es obviamente la promesa por excelencia, el Don más grande dado por Dios a los hombres, y en su presencia amorosa y santificadora, recibimos al dador de todos los dones. El Espíritu de Dios es el que hace realidad las palabras de Jesús que escuchamos hoy en el Evangelio: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 15-16.23-26). Estas palabras del Señor nos colocan en el contexto del Amor, que es el Espíritu en persona. Si Dios nos ama y quiere morar en nosotros es porque está enamorado de nosotros. Estar enamorado es desear morar en el corazón de la persona amada. Los enamorados son personas que moran una en el corazón de la otra. Dios quiere morar en nuestro corazón y que nosotros hagamos de su corazón nuestra morada.

Aparece también en el Evangelio la promesa de que será el Espíritu del Resucitado “quien les enseñe todo y les vaya recordando todo lo que les he dicho”. Este Espíritu que mora en la Iglesia tiene la misión de conducirla a la verdad plena e impulsarla a anunciarla en todos los rincones de la tierra. La verdad a la que nos conduce el Paráclito no es otra que a la novedad de la vida nueva que Jesús ha inaugurado en su resurrección. La vida en el Espíritu es la vida como hijos de Dios, siendo coherederos en el Hijo de su vida eterna, y viviendo ya desde ahora no ya según los apetitos del cuerpo, sino según el Espíritu que habita en nosotros (Rom 8,8-17). Reconozcamos pues la dignidad tan alta a la que el Espíritu nos ha elevado, creamos que las promesas ya han sido cumplidas y seamos, por el Consolador que mora en nosotros, los testigos que hoy nuestra Iglesia y el mundo necesitan.

¡Espíritu Santo, fuente de luz, ilumínanos y danos tu gracia!

Ricardo Herrera Alvarado

Seminarista de tercero de Teología

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