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Sólo Jesús puede saciar la sed | III Dom. de Cuaresma

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva»

El itinerario cuaresmal que hemos emprendido está llegando prácticamente a su punto medio, vamos caminando juntos acompañando a Jesús y dejándonos acompañar por Él en esta subida a Jerusalén, para vivir con el Señor el acontecimiento de nuestra salvación, su Misterio Pascual.

El texto del evangelio que se nos propone para este día (Jn 4, 5-42) narra el encuentro de Jesús con aquella mujer samaritana en el pozo de Jacob, que iba en busca de agua para calmar su sed, esta sed de agua que es signo de la auténtica sed que existe en el interior de todo hombre, y que no tan fácil es posible de saciar: sed de felicidad, de plenitud, de vida eterna.

Hoy vemos que este anhelo y búsqueda del corazón humano se manifiesta de diversas formas: intento por conseguir la felicidad y el bienestar a toda costa, aunque en muchas ocasiones puedan ser momentáneos o ilusorios, reclamo de la libertad y los derechos, por medio de los cuales buscamos autoafirmarnos en nuestra individualidad e identidad y ser reconocidos y respetados en la sociedad; e incluso el temor ante todo aquello que pone en riesgo la seguridad y la vida de nosotros y de los que queremos y que nos quita la paz (violencia, posibles epidemias, injusticias).

Ante todo esto Jesús se nos presenta, al igual que a la samaritana, como aquel a quien debemos pedirle que nos dé a beber de su agua, agua que se convertirá en un manantial capaz de dar la vida eterna. Pide de beber a la samaritana, pero en realidad de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer. Se presenta como el que está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Jesús viene al encuentro de la humanidad para saciar su sed de divinidad, solo en Él encontramos la verdadera felicidad, solo Él nos hace auténticamente libres para amar, solo Él nos da esperanza ante las situaciones difíciles que hoy nos ha tocado vivir.

La mujer samaritana fue y contó a la gente de su pueblo la experiencia de encuentro que tuvo con Jesús, muchos creyeron en Él por el testimonio de la mujer, muchos más creyeron en Jesús al oír su palabra. Pidámosle al Señor que nos conceda seguir avanzando juntos en nuestro proceso de conversión, ya sea a través del testimonio y la relación que tenemos con el prójimo, ya sea en el encuentro cotidiano con Él en la Palabra, en los sacramentos, en la oración.

Por Ricardo Herrera Alvarado

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