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Ya no tienen vino | II Domingo Ordinario

En este segundo domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos presenta el primer milagro realizado por Jesús en Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), milagro por el cual se da comienzo a la Nueva Alianza inaugurada por Jesús, proclamando un reinado de felicidad y alegría, en especial a aquellos que no tienen la dicha de ser felices, de ser bienaventurados.

El milagro en la boda de Caná constituye una introducción a la comprensión del misterio de Cristo. En este primer “signo” se resalta el inicio de los milagros de Jesús manifestando su divinidad, se manifiesta también la gloria del Señor y es a partir de este signo que sus discípulos creen en Él, confían más en Él.

María, por su parte, tiene importancia en este primer signo realizado por Jesús, ya que es ella quien hace saber a Jesús que “no tienen vino”.

El signo realizado por Cristo en la boda, nos refiere que nosotros también somos invitados para ser participes de la alegría que brota del estar unidos a Cristo. En los primeros versículos de este pasaje bíblico nos refiere que es María quien intervine para que no se acabe el vino, el cual es signo de la felicidad y de la alegría. Hoy en día María nos invita, al igual que los servidores, a hacer lo que Jesús nos dice, para así poder obtener una alegría que no se acaba, una alegría que perdure en nuestra vida diaria. Jesús no le puede negar nada a su Madre, pues es ella quien le ha pedido un favor, en este caso que remedie la falta de vino.

Quizás en nuestros tiempos la falta de fe en los jóvenes, en la sociedad, la falta de amor en las familias, la falta de diálogo en los matrimonios, la falta de convivencia con los hijos, etc., es consecuencia de una falta de un encuentro verdadero con Jesús.

Llenemos nuestros corazones de la alegría que brota del encuentro con Jesús, es Él quien transforma nuestros corazones en contenedores de amor y de misericordia, ojalá y estemos dispuestos a recibir esta gracia. Al igual que los servidores, nosotros debemos compartir con los demás (enfermos, familiares, amigos, no creyentes, etc.) esta alegría de la cual nos hace partícipes Jesús.

Dejemos que nuestras tinajas viejas, nuestros corazones, a veces llenos de rencor, de egoísmo, de envidia, sean rejuvenecidos por el amor de Dios, el cual no tiene limites. El amor de Dios se desborda en cada uno de nosotros.

Álvaro Salas Escobar

Seminarista en año de pastoral

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