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DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO

“Brille su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo”

Este domingo VI del tiempo ordinario continuamos la lectura del Sermón del monte donde lo habíamos dejado el domingo pasado. Allí Jesús concluía con esta exhortación a sus discípulos: “Brille su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo” (Mt 5,16).

¿Qué entendía un judío del tiempo de Jesús por “buenas obras”? Para un judío las buenas obras son aquellas cosas que se hacen en cumplimiento de la ley de Dios. Se trata de las obras que la ley ordena; es lo mismo que San Pablo llama “obras de la ley”. Por eso cuando Jesús menciona las “buenas obras” se pone en discusión el tema de la ley. Surge la pregunta: ¿Conforme a qué ley hay que realizar esas obras? Jesús responde diciendo: “No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pasen una i o una tilde de la ley sin que todo suceda”.

Jesús declara haber venido a dar cumplimiento a la ley, es decir, a darle su forma última y perfecta. Y esta ley así perfeccionada es la “ley de Cristo”; ésta es la que hay que observar en adelante. A esta ley se refiere Jesús cuando dice: “El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos”.

Los maestros de Israel contaban en la Ley (el Pentateuco) 613 preceptos distintos. Algunos de éstos eran clasificados como “importantes” y otros como “pequeños”, según criterios propios de los escribas y fariseos, que no coincidían con los de Jesús. Estos 613 eran preceptos no llevados a cumplimiento por Cristo. Por eso Jesús los declara insuficientes: “Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”. Para tener una idea de qué es lo que Jesús considera importante podemos leer una de sus invectivas contra los escribas y fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!” (Mt 23,23-24).

A continuación Jesús da ejemplos de qué es lo que significa llevar la ley a cumplimiento. Toma algunos de los mandamientos y sobre la base de ellos formula su propia ley: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal”. El mandamiento: “No matarás” es uno del decálogo, que había sido escrito por el dedo de Dios. Por eso Jesús al decir: “Yo os digo”, se está poniendo a la altura de Dios; está hablando con toda su autoridad divina; está dando una nueva instancia de ley de Dios. Según la ley antigua el que cometía homicidio era reo de muerte ante el tribunal humano; según la ley de Cristo, la ira contra el hermano que impele al homicidio es tan culpable como el homicidio mismo. El que concibe una ira criminal contra su prójimo, aunque se vea impedido de llevar a ejecución su propósito, es reo ante el tribunal; en este caso, se entiende el tribunal de Dios. De esta manera, la ley de Cristo se extiende incluso a los pecados de intención que sólo Dios conoce.

Es más, en el caso en que alguien tuviera cualquier riña con su hermano y en este estado participara en el culto, ese culto sería inaceptable para Dios: “Si, al presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves a presentar tu ofrenda”. El deber más sagrado para un judío era el culto a Dios. Pero, según la ley de Cristo, éste cede ante el deber de la reconciliación entre hermanos. Y debemos notar que no basta que yo esté libre de rencor o de queja contra mi hermano, sino que es necesario que nadie tenga rencor o queja contra mí. Según la ley de Cristo, no interesa quién haya sido culpable de comenzar el conflicto; en cualquier caso es necesario reconciliarse antes de participar en el culto. Y no es cosa de dilatar la reconciliación, pues la cosa urge: “Ponte en seguida a buenas con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia y te metan en la cárcel”. Jesús está usando una parábola tomada de los litigios humanos; pero, en realidad, se refiere al camino de esta vida, que en el momento menos pensado termina y se debe enfrentar el juicio de Dios. Por eso la conclusión adquiere más peso: “Yo os aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo”.

No tenemos espacio para comentar los otros mandamientos que Jesús cita y lleva a cumplimiento. Ellos sufren el mismo proceso de radicalización y de interiorización. Estos son los que debemos observar los cristianos, con la mayor perfección posible, si queremos entrar en el Reino de los cielos.