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LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

¿Este niño nacido en Belén yo lo acepto verdaderamente en mi vida,
o vivo sin tener una relación real, auténtica con Él?

El fragmento del Evangelio, muy rico de contenido, retoma y desarrolla algunas afirmaciones de la carta a los Hebreos, y completa la perspectiva con el tema fundamental de la acogida de este Niño. El evangelista afirma que este niño es en realidad el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, que estaba junto a Dios desde el principio, es decir, desde la eternidad. La Palabra es la expresión perfecta de Dios, por tanto, también es Dios. Y nosotros proclamamos en el Credo: “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. 

“Todo ha sido creado por medio de Él, y sin Él nada ha sido hecho de todo cuanto existe”. La gloria de Jesús es una gloria plenamente divina: Él es creador, junto a Dios creador. “En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”. La Palabra de Dios es la luz para nuestra vida. Si no la recibimos, permanecemos en las tinieblas, en la oscuridad, y no podemos seguir el camino justo.

Precisamente sobre este punto nos viene presentado el tema del recibimiento, de la aceptación. Dios manifiesta su luz, quiere comunicar su vida; el Verbo se hace carne, toma una existencia humana, ¿pero de qué manera es aceptado? Este es el punto decisivo. Dios ha hecho todo el camino para llegar hasta nosotros; pero también nosotros debemos dar algún paso para ir hacia Él.

“La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la han recibido”; “viene a su gente, pero los suyos no lo han recibido”; “el mundo ha sido hecho por medio de Él, sin embargo, el mundo no lo reconoció”. Que tristeza ver que el amor de Dios, manifestado de modo generoso, no encuentra una respuesta adecuada. Cada uno de nosotros debe hacernos esta pregunta: ¿Este niño nacido en Belén yo lo acepto verdaderamente en mi vida, o vivo sin tener una relación real, auténtica con Él? Debemos acoger a este niño con fe, con esperanza y con amor; debemos dejar que ilumine nuestra vida y que nos indique el camino; debemos seguir este camino, y no buscar en otro lugar nuestra felicidad. 

“Sin embargo, a quienes lo han recibido, les ha dado poder de llegar a ser hijos de Dios”. El Hijo de Dios se hace hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios. Nosotros somos ya hijos de Dios por medio del bautismo, con el cual hemos recibido una participación en la vida divina de Cristo Nuestro Señor. 

“Ha dado poder de llegar a ser hijos de Dios a aquellos que creen en su nombre, los cuales no de sangre, ni de deseo carnal, ni de voluntad de hombre, sino de Dios han sido generados”. Aquí se refiere a una existencia espiritual. Quien cree en el nombre de Jesús, ha sido generado por Dios.  No se trata solamente de una vida física, de una vida según la naturaleza humana, sino de una vida divina. 

“El Verbo se hizo carne y viene habitar en medio de nosotros; y nosotros hemos visto su gloria, gloria como unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. El evangelista menciona ya en el ministerio de Juan Bautista, que debe dar testimonio de la luz, para que todos crean por medio de él. Él da testimonio gritando: “he aquí el hombre del cual yo dije: Aquel que viene después de mi ha pasado adelante, porque existía antes que yo”. 

“De su plenitud todos nosotros hemos recibido gracia sobre gracia”. Contemplando el Niño de Belén, podemos reconocer de haber recibido de su plenitud gracia sobre gracia, y de recibir continuamente tantos bienes por medio de Él. Nuestra vida es iluminada, confortada y animada por la presencia del  Niño de Belén, que cambia todas nuestras perspectivas, nos abre a una esperanza verdadera, nos empuja a una vida de amor generoso y nos revela a Dios que es amor. 

El Hijo nos revela al Padre con un amor generosísimo, con un amor que lo  empuja hasta dar la propia vida por la salvación de los hombres. En este día de Navidad, llenos de gratitud, renovemos nuestro amor a Jesús, Hijo de Dios. Acojamos realmente a este Niño en nuestra vida, dejémonos inspirar por Él en todas nuestras decisiones, que irán, por tanto, en el sentido de la paz, de la concordia, del perdón, de la justicia y de la caridad.